Y cuando menos me lo esperaba apareciste ahí. Venías caminando a paso firme, preso de tus pensamientos, con la mirada un poco dura y el ceño fruncido, como si tus ideas tuviesen un acalorado debate en tu interior y escucharas atentamente lo que decían. Cuando pasaste a mi lado casi ni notaste mi presencia, de no ser porque sentiste mi mirada sobre ti, habrías seguido tu camino en rumbo a tu destino que coincidentemente era también el mio ese día. Al momento de tocar tu hombro, alzaste la mirada y pude notar como al darte cuenta de que era yo a quien mirabas, tu rostro de apariencia tosca y lejana se redibujaba en suaves lineas que esbozaban una leve sonrisa. Qué hermoso regalo para una persona como yo en una mañana tan gris entre esas paredes heladas que la conforman la Facultad. A pesar de tu frialdad típica de una perezosa mañana aún esclava de Morfeo, pude sentir ese aire cálido que manaba de ese gesto tan simple y sobrio.
No recuerdo cual fue el intercambio de palabras desde ese momento, lo único que mi mente alberga es el pensamiento que rondaba mi cabeza mientras las palabras revoloteaban de un lado al otro: por qué si es hoy no puede ser siempre. Y me llené la cabeza de bobas teorías acerca del porqué de las cosas, del porqué de esa situación, de ese día; el porqué de haberte conocido, así como he conocido a tantos otros parecidos a ti, pero que no tenían el poder de alegrarme la mañana con su sonrisa.
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