De vez en cuando es bueno que a uno lo tomen de un tobillo y le digan: hey! acá abajo, te habla tu vida; te estás yendo muy lejos, baja un momento y vuelve a caminar conmigo.
Es necesario un cable a tierra, sobretodo cuando las divagaciones nos encierran, las reflexiones se hacen eternas y los pensamientos nos hacen sus esclavos. Es como si nos fueran de a poco llenando con helio y nos fuéramos elevando, separándonos de a poco de la vida real y olvidando cosas que son importantes en ella, pero que desde la altura de tu levitar no puedes manejar.
Generalmente cuando es tu propio yo quien te baja, te baja con suavidad, porque es consiente de todo aquello que está en tu mente y tiene presente que necesitas cerrar ese ciclo para reanudar las cosas pendientes en el mundo compartido con los demás en el que vives. Sin embargo, no siempre es tu yo el que te toca y te habla con calma, sino que es un otro que parece que te amarrara un grillete con una inmensa bola de la hierro a cada pie para que bajes de una vez y te incorpores a lo que debes cumplir en la gran célula de la que formas parte. No es para nada agradable, las ideas se interrumpen, las palabras antes ordenadas en tu mente como párrafos, parecieran ahora caer en cascada precipitadamente formando una cortina entre tu mente y tu boca. Lo peor de todo es que acabas haciendo todo mal: no terminas bien lo que hacías y que terminó elevándote, ni lo que ahora te vez precipitadamente a aceptar, procesar y ejecutar.
Necesitamos más dulces despertares. No nos bajen de la nube, ya sabremos nosotros cuando hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario