Me he puesto a pensar en este preciso instante en lo importante que es, por lo menos a mi juicio, dar un libro que es tuyo a otra persona.
Porque cuando lees un libro que te agrada, que lees por gusto, cuando lo lees, no sólo observas letras impresas, sino que sientes entre tus dedos las hojas, su textura, el grosor del papel; sientes ese aroma especial que tienen, que atrapa y te involucra en la trama, te hace parte de la historia a través de ese sentido tan animal, tan básico y a la vez tan complejo y apreciable, el olor de la tinta y de las hojas; ves las letras, las palabras, cada vez más globalmente, hasta que completas tu lectura, con un sentimiento entremezclado de felicidad y a la vez un poco de nostalgia, por haber finalmente terminado eso que te atrapó durante el último tiempo.
Finalmente, luego de todo este ritual, casi que es leer un libro, él termina siendo parte de tu ser. Como si su título y sus páginas se hubiesen quedado en tu piel, bajo ella y en lo más profundo de tu mente.
Regalar, por lo tanto ese libro, es como dar una parte de ti.
Es entregar un poquito de ti a los demás, que te conozcan indirectamente a través de él. De eso que parece tan simple como un montón de papel con tinta, pero que contiene los más ocultos secretos acerca de su dueño.
De modo que, siempre que le des a alguien un libro de tu propiedad, de tu reserva personal, te estarás entregando de algún modo, a tus amigos, a la gente que te rodea y que recibe de tus manos esa pieza del rompecabezas.
Lectura recomendada: El perfume, Patrick Süskind.
Hasta ahora, mi libro favorito.
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